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Cubanet
La libertad de prensa frente a la
represión del gobierno cubano. Una experiencia personal.
Pedro Aníbal Riera Escalante
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org) - Cuba está abocada a un
proceso incierto. El retiro por enfermedad de Fidel Castro y una indefinida
dualidad de gobierno crean una situación de incertidumbre, particularmente
peligrosa para todos aquellos que disienten, se oponen políticamente y
ejercen el periodismo independiente.
Me permitiré tratar en este artículo sobre mi experiencia personal en mi
enfrentamiento de más de 13 años a la persecución y la represión del
gobierno cubano, y los nuevos peligros al comenzar el ejercicio del
periodismo independiente.
Corrían los primeros días de septiembre del 2000 y me encontraba en México.
Había salido ilegalmente de Cuba casi un año atrás y mis gestiones para
obtener una visa de refugiado para los Estados Unidos habían fracasado. Mis
antiguos adversarios no querían recibirme en su país -durante 25 años había
enfrentado las actividades de la CIA en contra del gobierno cubano como
oficial de la Inteligencia Cubana.
El 23 de octubre del año 1999 había evadido los sofisticados controles
represivos del gobierno cubano -pues tenía prohibición de salida por haber
sido oficial de la inteligencia y no ser confiable políticamente para el
régimen- y había salido por el propio Aeropuerto Internacional José Martí.
No había podido utilizar la visa FM-2 de inmigrante para México no obstante
estar casado entonces con una ciudadana mexicana y tener derecho por las
propias leyes cubanas.
Mi contacto en el aeropuerto me había esperado puntualmente, para asegurarse
de mi partida. Ya había introducido en la computadora el nombre del
pasaporte que yo portaría: un turista mexicano nombrado Pedro Morales.
Después de una tensión extrema al abordar el avión, y luego de una hora de
vuelo, entré en territorio mexicano, y respiré el aire de la libertad. Dos
horas después llegaría a Ciudad México, en un vuelo nacional.
Me encontraba de nuevo en la ciudad donde había pasado cinco años y medio
como Cónsul de Cuba.
Mi último viaje, en 1992, había sido en penosas circunstancias -acompañando
a mi esposa a someterse a un tratamiento para la leucemia. Nuestra decisión
de recibir el tratamiento en México ya había desatado los mecanismos
represivos del régimen. Inicialmente el Jefe de la Inteligencia había negado
mi permiso de salida, y sólo ante una solicitud humanitaria del médico
mexicano -y el peligro de una eventual repercusión pública-, autorizaron mi
salida. Más tarde, en medio de la crisis de mi esposa -que culminó en su
muerte- fui separado del Partido y del Ministerio del Interior, bajo el
pretexto de haber aceptado ayuda de los cubanos residentes en México para
los medicamentos que necesitaba mi esposa, y más tarde su funeral y misa.
Después de casi 25 años me encontré en Cuba sin trabajo, sin profesión -la
que tenía, oficial de inteligencia, no era aplicable en la vida civil. Mi
carrera Licenciado en Ciencias Políticas tampoco me servía de mucho. Estaba
desempleado, sin casa, y perseguido por mi forma de pensar. En esas
condiciones viví hasta mi salida.
Un año después del vuelo que relato, en septiembre del 2000, me encontraba
en México sin documentación y buscado por la inteligencia cubana. Durante
algunos meses tuve la protección y apoyo del Gobierno de los Estados Unidos,
pero al denegarme ellos la visa me quedaba desamparado. No encontré otra
alternativa que solicitar asilo político en México.
Me presenté ante el Subsecretario de Relaciones Exteriores, Carlos de Icaza,
y el éste me indicó a José Luis Valles, funcionario del Centro de
Información y Seguridad Nacional (Cisen). Con este último sostuve dos
entrevistas.
En la última entrevista fui secuestrado violentamente y en menos de doce
horas, bajo amenaza de uso de la fuerza y bajo custodia, fui obligado a
subir a un avión hacia Cuba.
El gobierno mexicano había informado al cubano, y habían preparado la
operación de mi secuestro. Había caído en una trampa.
En Cuba me esperaban 126 días en Villa Marista, bajo el sistema de torturas
psicológicas y amenazas, en una inmunda celda tapiada, tomando unos escasos
minutos de sol cada diez días, sin poder preparar mi defensa, sin ver a un
abogado -de todas maneras controlado por el gobierno- hasta el día 125.
Fui condenado a cinco años de prisión en un juicio sin poderme defender,
donde se me prohibió hablar de mi secuestro y regreso forzoso.
Sin embargo poco imaginaban mis captores el poder de la prensa, el poder de
la verdad y de la solidaridad hacia el respeto de los derechos humanos.
Previendo un desenlace inesperado y negativo, en México había sostenido
varios encuentros con Roberto Céspedes del periódico Reforma y con Tim
Weiner y Julia Preston del New York Times.
El Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez hizo la primera
denuncia. Después le siguió José Luis Vivanco de Human Rights Watch, y las
declaraciones del Departamento de Estado y el Embajador de Estados Unidos en
México, Jeffrey Davidow.
Minutos antes de mi secuestro había tenido el segundo encuentro con Tim
Weiner y Julia Preston, del New York Times. Ellos sabían que iba a una
segunda entrevista con funcionarios mexicanos. Al despedirnos Julia me
preguntó: "¿Si le pasa algo, publicamos esta entrevista?" Asentí con un leve
movimiento y salí preocupado, junto al periodista cubano residente en México
Edelmiro Castellanos.
Estas entrevistas desataron una tremenda reacción en la prensa y opinión
pública mexicana y de los Estados Unidos. Se puso en evidencia que
funcionarios mexicanos habían mentido al decir que yo no había solicitado
asilo, que mi vida no estaba en peligro, y que no tenia razones políticas
para el asilo. Estaba claro que el gobierno mexicano había violado la
Convención de Refugiados de 1951, entre otras, y sus propias leyes.
En el presente, vivimos mi actual esposa, Loyda Castilla González, y yo bajo
una vigilancia y persecución constante. Nos han dejado sin medios de vida.
Nuestro teléfono es interceptado. Presionan a nuestros amistades para que no
nos apoyen. Nos amenazan con detenerme en cualquier momento y lugar -ya
sufrí una detención de 12 horas, con el resultado de una carta de
advertencia y amenaza por presunto espionaje para los Estados Unidos, que
increíblemente todavía pretenden sustentar, a pesar de la negativa de los
Estados Unidos de aprobarme una visa de refugiado estando en México y
todavía en la actualidad, con una visa solicitada desde 2004.
Es permanente la pretensión de estigmatizarme como traidor y delincuente
común, cuando en realidad lo que hice fue ejercer un legítimo derecho a
salir del país, ante una prohibición ilegal y una persecución y
hostigamiento constante y expresar mi manera de pensar contraria al régimen
cubano. Ningún país nos otorga visas para liberarnos de esta persecución y
el gobierno cubano no responde a nuestras solicitudes de autorización de
salida.
Ahora tendrán un nuevo motivo para encarcelarme: el haber iniciado mi labor
como periodista independiente. Mi demanda contra México, ante la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, fue publicada en el Nuevo
Herald, por Wilfredo Cancio. Mi primer artículo, publicado por Cubanet, fue
una exhortación al gobierno español, integrante de la Unión Europea, a que
busque la manera de influir sobre el gobierno cubano para la liberación de
los presos políticos.
Como todos estos años, confío en el poder de la prensa libre, de la justicia
y del buen sentido de todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que
creen en la causa de la libertad, la democracia y los derechos humanos, y
expresan su solidaridad al pueblo cubano.
prieraesc@gmail.com
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